Los Mantequilla y los Kung Fu tienen una enemistad para toda la vida. Cuatro muertes y una venganza posterior no se perdonan entre clanes rivales. El ambiente ayer en la Ciudad de la Justicia era el del por si acaso. Un amplio dispositivo de seguridad, tanto de Policía como de Guardia Civil, garantizó la seguridad. No era para menos. Las familias gitanas volvían a cruzarse en la sección cuarta de la Audiencia. No hubo incidentes. Pero el riesgo siempre está presente. Más todavía cuando el odio, lejos de aplacarse, permanece demasiado vivo. El por si acaso justificaba el despliegue.
A las diez y media, con algo de retraso, comenzó el juicio por las cuatro muertes en el barrio de la Alquerieta, en Alzira. A un lado de la sala, los 15 acusados presentes -siete de ellos en prisión- rodeados por una barrera de policías. Los Mantequilla, sin inmutarse. Silencio absoluto. En el lado opuesto, periodistas y público. Y fuera, la Guardia Civil, agentes que con sólo observar su corpulencia ya intimidan.
Fue rápido, tal y como estaba previsto tras la conformidad a la que habían llegado las partes. Todos reconocieron con un monosílabo y gran tranquilidad su participación en los hechos. Una quincena de síes seguidos. Estas fueron las únicas palabras de los Mantequilla.
El pacto, considerando las penas que pedía la Fiscalía en un principio, fue más que beneficioso para los acusados. Los cuatro autores materiales de los hechos aceptaron 14 años de prisión por cada uno de los homicidios y por la tenencia ilícita de armas. Otros implicados se quedaron en penas de seis años de cárcel por ser cómplices o por homicidio en grado de tentativa. El resto, la mayoría, aceptaron condenas de dos años por encubrimiento.
Los hechos se remontan a marzo de 2006. Los Mantequilla se enteraron de que un miembro de los Kung Fu -fallecido en el tiroteo- pretendía casarse con una joven de los Mantequilla. Pero ellos no aceptaban este amor. La solución que eligieron para resolver sus diferencias fueron armas y cuchillos. El resultado, cuatro cadáveres en el Instituto de Medicina Legal.
Una vivienda de Alzira, la de los Kung Fu, vivió la lluvia de disparos. En el exterior, el resto de miembros controlaban los accesos. Inmediatamente huyeron del lugar. Atrás quedaba el reguero de sangre de los Kung Fu.
Esa fue la primera parte. Dos horas más tarde, las tornas cambiaban. En esta ocasión eran los Kung Fu, que recibirán 800.000 euros por las muertes, quienes ocupaban el banquillo de los acusados en la última sesión de su caso por la venganza del crimen anterior. Madre e hijo, de tan sólo 22 años, miraban al tribunal por última vez.
Las partes no habían alcanzado un acuerdo. El abogado del joven lamentaba tras terminar el juicio que mientras los Mantequilla pasarán 14 años en la cárcel por cada crimen, a su cliente se le piden 33, más del doble. Fiscalía y defensa habían estado hablando de llegar a un acuerdo de siete años de prisión. Fuentes del Ministerio Público recordaron que para alcanzar una conformidad es necesario reconocer los hechos.
A las dos principales víctimas de la matanza -perdieron a su familia más cercana- les pudo la sed de venganza casi un año y medio después de los hechos, según sostiene la Fiscalía.
La pareja fue a un conocido centro comercial a comprar una lavadora. La anterior se había estropeado. El azar quiso que nada más entrar observaran justo en la caja a cuatro mujeres de las Mantequilla. El joven, acompañado de su madre, salió del establecimiento y se dirigió hacia su vehículo. La defensa sostiene que actuó por miedo. La Fiscalía, en cambio, dice que lo hizo por venganza. En cualquier caso, sacó una pistola y disparó. Una mujer resultó herida.
El joven, en sus últimas palabras, insistió ayer en el temor. «No lo hice por venganza. Era por miedo a que nos remataran, como a mi familia». Idea calcada a la del primer día del juicio. Al abandonar la sala se despidió con un «buenos días, señoría».
La defensa del joven rechaza los cuatro delitos de asesinato en grado de tentativa y solicita que se le condene por un delito de lesiones y otro de tenencia de armas, pero a un máximo de dos años de cárcel en total.
La Fiscalía acusa a la madre de ser cómplice de los hechos. El hijo ya la exculpó en el primer día de la vista. El abogado de la mujer admitió ayer que fue un error que se inculpara de los disparos, pero lo hizo por proteger a su hijo. «No quería perder a otro. Era lo único que le quedaba», dijo al tribunal que ahora dictará sentencia.
El dispositivo de seguridad se desmontó alrededor de las 13.30 horas. A continuación, la acusada de los Kung Fu se desmayó al salir de la sala. Toda la familia le ayudó a levantarse. A los pocos minutos ya se había recuperado. Kung Fu y Mantequilla cierran su herida, pero sólo la judicial.







